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Posted on 25 Dec 2012 in Patriarca, Vida litúrgica

Homilía de Navidad 2012

Homilía de Navidad 2012

Homilía de Navidad 2012

Señor presidente Mahmud Abbas,

Señor ministro jordano de Asuntos Exteriores, representante de su majestad el rey Abdalá II de Jordania,

Queridos hermanos en el episcopado,

Excelencias, señores embajadores y cónsules,

Sacerdotes,

Hermanos y hermanas,

Queridos peregrinos:

Desde la basílica de la Natividad en Belén, a unos pasos de la Santa Cueva, donde la Virgen María dio a luz a su Hijo admirable, saludo a todos los televidentes y, especialmente, a nuestros fieles de la diáspora.

Celebramos la Nochebuena que nos trajo la Buena Nueva de la salvación, la noche que cumple y anuncia otras noches admirables, como la dela Creación, la noche del Jueves Santo y la que precedió a la Resurrección del Señor. En esta noche, se anuncia la aurora de una nueva era para la humanidad.

Estamos llenos de asombro ante la identidad única de este Niño maravilloso. Por un lado, es un niño como cualquier pequeño de su edad, como nuestros hijos que amamos y vemos crecer y madurar en conocimiento y sabiduría.

Nacido pobre, vivió pobremente, eligiendo libremente no tener ningún privilegio. Experimentó la fatiga, el dolor, el frío, el hambre, la sed, el miedo, la persecución, la huida y, más tarde, la muerte y el sacrificio de sí mismo. Y esto, porque realmente quiso ser un “hijo del hombre”, que compartió con nosotros nuestros sufrimientos y nuestras esperanzas, feliz de ser uno de nosotros, aceptando la atención y los gestos de ternura materna de su Madre, contentándose con el alimento y la ropa que la santísima Virgen María y de san José podían ofrecerle.

Por otra parte, no es como los otros niños. Ha nacido de una Madre Virgen. Es el Verbo de Dios y el Hijo del Padre. Su Nombre, anunciado por las profecías mesiánicas, es Emmanuel, «Dios con nosotros». Aún resuenan en nuestros oídos las palabras de Isaías: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (…) y es su nombre: Maravilla de consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz» (Is 9, 5).

Detengámonos ahora sobre las razones de su Encarnación. Nació para los pobres, los oprimidos y los que sufren, así como para la gente común, corriente, para quien no ha perdido la esperanza en Dios; vino por los pecadores.

Quiso restituir al hombre su humanidad y al pecador su bondad e inocencia, su imagen de Dios, que había sido deformada por el pecado. Quiso interiorizar los preceptos y las leyes, haciendo de la «religión» no una serie de obligaciones, sino la expresión del amor a Dios. En lugar del amor por la Ley, ha proclamado la ley del Amor: «Amaos los unos a otros» (Jn 15, 17).

Este es el sueño de este Niño: que todos los seres humanos sean hermanos, porque tienen un solo Señor y Dios, que es el Padre de todos, que tiene compasión de todos y que cuida de todos. Vino a reconciliar el cielo, de donde salió, con la tierra que lo acogió. Vino a reconciliar al pecador con su Creador, y al hombre consigo mismo y con su hermano; vino a transformar a los enemigos en amigos.

Por esto, Isaías predijo los tiempos mesiánicos: «Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito… El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente» (Is 11, 6-8 a).

Se trata de símbolos que indican la universalidad de la reconciliación, cuando todos los seres humanos tomarán parte en la justicia y la paz. El anuncio del ángel a los pastores de Belén es su realización: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría…, hoy, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11).

Nosotros, fieles de religiones monoteístas, coincidimos en el hecho de que las divisiones entre los hombres son obra del diablo; mientras la reconciliación es obra de Dios. Desde este lugar santo, invito a los políticos y a los hombres de buena voluntad a trabajar con decisión en un proyecto de paz y reconciliación que abrace  Palestina e Israel y este Oriente Medio que sufre.

Oramos con fervor por nuestros hermanos en Siria, ¡que mueren inexorablemente sin piedad! Oramos por el pueblo egipcio que lucha por un entendimiento nacional, por la libertad y la igualdad. Oramos por la unidad y la reconciliación en el Líbano, Irak, Sudán y en los otros países de la región y el mundo. Oramos por la prosperidad y la estabilidad de Jordania.

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta vuelve este año, mientras muchos de vosotros sufrís por un motivo u otro. Miles de jóvenes en prisión esperan con impaciencia recuperar su libertad. Las familias están separadas y esperan un permiso para poder reunirse bajo el mismo techo. Sufrís por una ocupación que no tiene fin.

Gaza y el sur de Israel han salido de una guerra, cuyas consecuencias aún son visibles sobre el terreno y en los ánimos.

Nuestra oración abraza a todas las familias, árabes y hebreas, golpeadas por el conflicto. Que el Señor les dé paciencia, comodidad y consuelo, y ¡que la sociedad les dé asistencia y apoyo!

En esta noche, necesitamos un momento de silencio y oración. Miramos al Niño de María y lo escuchamos: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra…; bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios…; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados» (Mt 5, 4-10).

Usted, señor presidente Abbas, y su majestad el rey Abdalá II, habéis estado en primera línea de los que han trabajado y trabajan por la paz, la no violencia y la justicia. El Señor os proteja y asista. Apreciamos vuestros esfuerzos y vuestras posturas valientes en los ámbitos regional e internacional. Gracias; porque continuáis batiéndoos por una causa justa, que es la de la paz y la seguridad para todos los pueblos de Tierra Santa.

Vuestros esfuerzos han obtenido como fruto el reconocimiento, por parte de Naciones Unidas, de Palestina como estado «observador» no miembro.

Este reconocimiento debe ser un paso decisivo hacia la paz y la seguridad para todos. ¡Solo la justicia y la paz en Tierra Santa podrán llevar a restablecer un equilibrio regional y mundial!

¡Oh!, Niño de Belén, que, después de escapar de la crueldad de Herodes, conociste, junto con tu Madre y san José, tu padre adoptivo, la pobreza y el exilio en Egipto, ¡libéranos de todos los tiranos de este mundo y haz de nosotros un santuario; donde Tú puedas renovar constantemente tu Nacimiento, y así ser testigos de tu amor!

Y tú, María, Madre nuestra, que te prodigaste en atenciones maternales a tu Divino Niño, protege a todos los niños del mundo de todo mal y pon en sus corazones la semilla de la fe, la esperanza y la bondad.

Queridos hermanos y hermanas, os deseo una feliz Navidad, y el don de la paz que el Señor ha prometido a todos los «hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14).

¡Amén!

 

+  Fouad TWAL, Patriarca Latino