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Posted on 15 Dec 2012 in Diócesis, Noticias de la diócesis

Regreso al Concilio Vaticano II con Mons. Marcuzzo (segunda parte)

Regreso al Concilio Vaticano II con Mons. Marcuzzo (segunda parte)

El II Concilio Ecuménico Vaticano, habitualmente llamado sin más Vaticano II, se inauguró el 11 de octubre de 1962 por el papa Juan XXIII y se clausuró el 8 de diciembre de 1965 bajo el pontificado de Pablo VI. Más de 50 años después, Mons. Marcuzzo, obispo auxiliar de Jerusalén y vicario patriarcal para Israel, con residencia en Nazaret, comparte su análisis sobre el concilio que tanto ha marcado a la Iglesia y, en particular, a Tierra Santa (segunda parte).

4. Cincuenta años después, ¿cuáles son las ideas principales que han salido de este concilio?

El Vaticano II ha dado lugar sin duda, en mi opinión, a dos ideas principales:

– Un amor más grande del mundo y una visión más positiva del mundo (en especial, a través de la figura de Juan XXIII), y de las otras religiones. El Vaticano II dio una nueva perspectiva de las otras religiones. Los creyentes de otras religiones no están condenados, están llamados a conocer la verdad, son amados por el Señor, puede haber en ellos “semina verbi”. El concilio ofreció las semillas de la “teología cristiana para los no cristianos”. Esto es muy importante para nosotros en Tierra Santa.

– Un amor más grande de la Iglesia (sobre todo, a través de la figura de Pablo VI). El Papa nos ofreció la encíclica Ecclesiam suam a la mitad del concilio (1964). Esta encíclica abre las puertas de un diálogo siempre mayor en varios niveles: dentro de la Iglesia, con otras iglesias, con otras religiones, con el mundo.

5. Con los años, ¿cómo puede mantenerse en concreto encendida la llama del Vaticano II?

– Veinticinco años después del concilio, aquí, en Tierra Santa, celebramos el sínodo diocesano pastoral. Se trataba, impulsados por el espíritu del concilio, de hacer un balance, saber dónde estábamos y cómo vivíamos el concilio, en nuestro ámbito. Esto dio lugar al “plan general pastoral“, muy valioso para la Iglesia actual.

– El Año de la Fe en 2012 es también, de alguna manera, un pequeño concilio que debemos ir viviendo. Como el Sínodo para la Nueva Evangelización. Nos preguntamos cómo vivir nuestra fe, con quien, por cualquier medio. El Concilio Vaticano II es, para el Año de la Fe, un verdadero punto de referencia. Además, es para mí siempre un punto de referencia. Cuando preparo una homilía, una reunión, o participo en un consejo, mi primera reacción es preguntarme: “¿Qué se dijo durante el concilio?”. Cincuenta años después, me ilumina siempre. Yves Congar (ndr: teólogo francés del siglo XX, experto del Concilio Vaticano II) ha dicho que se puede realmente entender la belleza de un concilio 50 años después. En efecto, ahora estamos empezando a darnos cuenta de hasta qué punto es importante ese concilio.

6. ¿Qué le queda por hacer hoy a la diócesis del Patriarcado Latino?

Como he dicho, muchas de las ideas del concilio ya se han aplicado en Tierra Santa, pero siempre mucho por hacer. Porque la Iglesia debe reformarse de forma constante. Creo que uno de los temas principales en los que debemos trabajar es, sin duda, en los “instrumentos de comunión”, en distintos planos:

Comunión en la Iglesia: Crear consejos parroquiales, consejos de laicos. Profundizar los vínculos entre las comunidades religiosas y la jerarquía de la Iglesia, como recuerda también la Exhortación Apostólica del Sínodo de Oriente Medio. Aquí hay una Unión de Religiosos, pero no es suficiente.

Comunión de iglesias católicas. Ya hay organismos: la CELRA (Conferencia de Obispos Latinos de las Regiones Árabes) y la AOCTS (Asamblea de Ordinarios Católicos de Tierra Santa), pero hay que seguir trabajando en ello.

Comunión con otras iglesias: Confieso que pensé que la unidad sería mucho más fácil de vivir, sobre todo, en el plano ecuménico. Se hizo mucho y, luego, ha habido momentos de ruptura y parálisis, sobre todo, hace unos años. Ahora va de nuevo, pero lento. Sin embargo, hay que respetar el ritmo de cada uno y todos debemos acompañar al Espíritu Santo, sin tratar de adelantarlo. Las conclusiones se perfilan, pero hace falta aplicarlas a continuación.

En este sentido, podemos celebrar uno de los frutos más hermosos del concilio, el de la unidad de la fecha de la Pascua entre las diferentes iglesias. Los católicos hemos decidido celebrar la Pascua según el calendario juliano de los ortodoxos. Esta decisión se tomó hace 25 años en Jordania y se va a aplicar en Tierra Santa en 2015. Claro, se podría esperar que la Iglesia ortodoxa ofreciera celebrar la Navidad con nosotros a cambio, pero no es el caso por el momento. Por tanto, no hay que tener miedo de ser los primeros en tomar las iniciativas que caminan hacia los demás; si no, no se avanza.

7. ¿En qué, el Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización, son prolongaciones del Concilio Vaticano II?

El Año de la Fe toma el núcleo de la fe del concilio para hacer las preguntas clave: ¿Qué es la Iglesia? ¿Quién es Jesucristo para la gente de hoy?

En Tierra Santa, a diferencia de algunas partes de Europa, tenemos la fe, gracias a Dios. Pero debemos preguntarnos sobre qué esta fe. Porque la fe vivida aquí es hermosa, pero la forma en que se percibe puede ser una fuente de amenazas, según las perspectivas:

– La fe puede verse como una cuestión hereditaria y social. Sin duda, la transmisión de la fe en la familia es importante; pero no es la esencia de la fe. La fe es ante todo una respuesta personal a la llamada de Dios. La personalización de la fe debe ser más fuerte que la tradición.

– La fe puede verse como activismo. O, dicho de otro modo, la fe es, ante todo, un acto de aceptación de Dios que me llama, y lo único que hago es responder (shema Israel).

– La fe puede verse como la pertenencia a un grupo religioso. También, esto es importante en alguna medida; pero esta pertenencia no debe ser un motivo para el repliegue o el encierro; el grupo debe abrirse a los demás que no comparten mi fe (es el principio del Atrio de los Gentiles, emanación del espíritu del Vaticano II). En Nazaret, deseo que trabajemos en la apertura a Dios para aprender a vivir nuestra fe con coherencia y testimonio. Aprender a saber dar para recibir, y perder para ganar.

– Por último, una de las amenazas en Tierra Santa para nuestra fe es la indiferencia. Aquí, casi no nos afecta el laicismo o la secularización, que es un peligro para algunos países occidentales; pero sí nos toca la indiferencia. El riesgo es que la fe se viva solo hacia el exterior, una especie de fachada. Y que, de repente, no se viva en profundidad. Y no hay que permitirse no estar atentos a los signos de los tiempos.

Tenemos un gran programa con el Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización. Retomaremos la carta pastoral de la Asamblea de Ordinarios de Tierra Santa para aprender a reconocer lo largo del año los signos de los tiempos enviados por el Señor y a los que debemos estar atentos. Sobre todo, por lo que se refiere a la paz y la justicia. Hay que detectar estos signos, meditarlos, para luego poder comprometerse de una forma concreta.

Entrevista de Amélie de La Hougue

(Traducción del francés por Daniel Berzosa y López, OCSSJ)