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Posted on 4 Jul 2012 in Diócesis, Noticias de la diócesis

Iconografía para la unidad

Iconografía para la unidad

JERUSALÉN.- Por segundo año consecutivo, se ha ofrecido un curso intensivo de iconografía en el convento de San Salvador de Jerusalén. Con la dirección de Andrés Bergamini, 19 alumnos han decidido lanzarse a esta experiencia de arte sacro: un verdadero camino de unidad.

Hoy, miércoles, 4 de julio, los estudiantes del curso de iconografía regresaron a sus casas con el trabajo cumplido. Durante 10 días, han tocado de cerca el arte de escribir iconos. Los 12 principiantes se han dedicado al “Pantocrátor” y los 7 más “avanzados”, que ya siguieron el curso el año pasado, lo han hecho en el icono de la “Madre de Dios”. Sea cual sea el nivel de los estudiantes, estos cursos ofrecen a todos realizar iconos según una pedagogía que permite una progresión en el diseño y el control de las herramientas utilizadas en su escritura. No se trata de ser bueno en el dibujo, sino de tener un deseo interior que llama a la creación en la oración. “Este año la convocatoria ha tenido tanto éxito que han debido rechazarse algunas solicitudes “, dijo Andrés Bergamini, responsable del curso. Entre los participantes de varias nacionalidades (Italia, España, México, Argentina, Perú, Siria, Jordania), había seminaristas del Camino Neocatecumenal, siete franciscanos, cinco hermanas de Santa Dorotea, un pasionista, una hermana isabelina y un miembro de la comunidad de lengua hebrea. Ginetta Aldegheri, estudiante italiana del curso “avanzado” estaba feliz con “el buen ambiente”:  “Uno se siente de verdad en familia…, y también se encuentra con otras comunidades”.

Por su parte, Andrés Bergamini se benefició de la experiencia de dos profesores de iconografía: Lella y Giovanni Paolo. Aprender a escribir un icono es una aventura. Una aventura espiritual. El arte del icono está en efecto al servicio dela Iglesia para anunciarla Encarnaciónyla Resurrecciónde Jesucristo con líneas técnicas y colores precisos. A En Jerusalén, ciudad de salvación, esta dimensión de proclamar la BuenaNuevareviste una forma muy particular. De hecho, Andrés Bergamini dice que “Jerusalén es un lugar único para los iconos. Aquí, hay una gran sensibilidad gracias a la presencia de los distintos ritos ortodoxos. Desde hace 20 o 30 años,la Iglesia católica redescubre los iconos, con un gran interés en el aprendizaje. Los iconos sirven ahora mucho para el catecismo”. En una palabra, en Jerusalén, Occidente descubre el icono y el icono descubre a Occidente. Para este apasionado del icono, parece que estos de hecho pertenecen al patrimonio dela Iglesia universal. Oriente y Occidente han aportado su contribución. Un puente de unidad de alguna manera trazado por el arte sacro. Muchos occidentales descubren que el icono puede proporcionar un fuerte apoyo a su fe y su oración. Rafael, franciscano de origen greco‑melquita y alumno del curso de iconografía, explica: “Siempre me ha gustado dibujar. Soy greco-melquita y en nuestra iglesia bizantina, el icono representa la imagen viva de Cristo. Como un tabernáculo. Por esto, abrazamos los iconos. Siempre he tenido un gran deseo de pintar un icono, con plena consciencia de la sacralidad del objeto. Es una gran alegría estar allí. El icono encarna la persona”.

Este arte se concibe en la oración

Este es el corazón del objeto santo: el encuentro con la imagen no se limita a la visión, sino que conduce necesariamente a la comunión con lo que se representa. Para que el hombre puede participar en la visión de lo divino. El fiel que reza delante de un icono también tiende a la comunión espiritual, comunión con Dios. A la pregunta: “¿En qué  piensa mientras escribe este icono?”, un alumno responde: “Pienso sobre todo en aquellos que van a orar ante este icono. Ahora es mío, pero luego será de todos”. El icono se convierte en un símbolo de la unidad de los creyentes reunidos en la Iglesia en tanto que Cuerpo Místico de Cristo. “Que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno” (Juan 17, 22-23).

Amélie de La Hougue y Christophe Lafontaine

(Traducción del francés por Daniel de Úbeda, OCSSJ)

Más fotografías en el blog de Andrés Bergamini