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Posted on 3 Apr 2010 in Homilías FT, Patriarca

Homélia de Pascua 2010

Pascua 2010 – Homilia de Su Beatitud Fouad Twal, Patriarca de Jerusalén

Queridos hermanos: ¡El Señor ha resucitado, ha resucitado verdaderamente!

La mañana de aquel domingo los apóstoles Pedro y Juan, y antes de ellos las santas mujeres con la Magdalena, llegaron a este sepulcro. Grande fue su estupor cuando vieron la piedra rodada fuera del sepulcro. Mayor aún fue su tristeza, porque ya no se encontraba el cuerpo del Señor.

¿Quién había podido osar tanto y remover la inmensa piedra? ¿Quizás los soldados romanos? ¡No ellos, ciertamente! Una parecida iniciativa les habría causado una segura condena a muerte. ¿Los jefes del pueblo? ¡Imposible! Ellos habían pedido la crucifixión de Jesús. ¿Los apóstoles? ¡No, ya que estaban asustados y escondidos! ¿Las piadosas mujeres, entonces? ¿Pero cómo habrían podido unas débiles mujeres desplazar una piedra que sólo podía ser movida por hombres muy fuertes?

Por pocos instantes los dos apóstoles se enfrentaron con el sepulcro vacío, con el sudario y las vendas. Hasta entonces no habían entendido las escrituras. Pero he aquí que comenzaron a acordarse de las palabras que el mismo Señor les dirigió cuando todavía estaba en vida y las que los ángeles dijeron a las santas mujeres: “No está aquí. Ha resucitado, como había dicho”( Mt 28,6). Estas palabras fueron confirmadas sucesivamente por las numerosas apariciones de Cristo, que quiso manifestarse vivo a sus discípulos, reforzándolos en la fe en Él, muerto y resucitado: ¡Mirad mis manos y mis pies. Soy yo! (Lc 24,39).

Nosotros, obispos, sacerdotes y fieles, hombres y mujeres, pequeños y grandes de todas las iglesias y de todos los pueblos, tenemos el privilegio de estar hoy delante de este mismo sepulcro vacío con una diferente emoción, con gran estupor, rodeados por una muchedumbre de tantos fieles testigos, que ahora y a lo largo de la historia han testimoniado la verdad de la Resurrección, dando ellos mismos la vida por Cristo.

A favor de la Resurrección de Cristo está, en efecto, el testimonio de la tumba vacía, de las numerosas apariciones del resucitado a sus discípulos, de la historia. Ya que ciertamente el testimonio refleja la dignidad de los testigos, nosotros no podemos desconfiar del testimonio de los apóstoles y de las santas mujeres que vivieron con el Señor, que lo vieron vivo después de haber estado en su sepulcro y que estuvieron dispuestos a morir para confirmar su testimonio.

¡La ciencia y la arqueología no encontrarán nunca el cuerpo del Señor, porque ha resucitado! Sus enemigos, no logrando hallar su cuerpo, difundieron la falsa habladuría de que había sido robado. La verdad es que no encontraron sus huesos porque Él, después de tanto sufrimiento, estaba vivo, había resucitado. Los apóstoles gritaron exultantes el anuncio de su resurrección y nosotros, con ellos, hacemos lo mismo. Si eligiéramos el silencio, si decidiéramos callar, las piedras gritarían en lugar nuestro  delante de nosotros, como Él mismo dijo, porque fueron ellas mismas los testigos silenciosos y constantes de la Resurrección del Señor.

Este año, además, nuestra alegría es doble. Todos nosotros, pastores y fieles de diversas iglesias, celebran la única Pascua, en el mismo día, en el mismo lugar, a una sola voz. Todos los cristianos del mundo gritan hoy con toda su voz: “Cristo ha resucitado”! Con la liturgia oriental ensalzamos a Cristo que “con su muerte ha pisoteado la muerte y ha devuelto la vida los que estaban en los sepulcros”. Con las palabras de la liturgia latina le cantamos al Dios de la vida: Victimae paschali laudes / immolent christiani. / Agnus redemit oves, / Christus innocens Patris / reconciliavit peccatores.

Alguno quizás se moleste por la superposición de las oraciones y cantos que se oyen al mismo tiempo en los diversos ritos. Esta aparente cacofonía, sin embargo, vivida en la fe, se convierte en una sinfonía que expresa la unidad de la fe y la celebración alegre de la victoria del Señor sobre el mal y la muerte; del Señor que resucitó al tercer día desde este mismo sepulcro. ¡Sí, somos la Iglesia del Calvario, la Iglesia de la Tumba vacía y de la Resurrección gloriosa!

Hoy más que nunca tenemos necesidad de esperanza y de una fuerza particular para vencer el mal que hay en nosotros y alrededor de nosotros. Este año 2010 ha conocido dos graves terremotos, en Haití y en Chile, con centenares de millares de víctimas. Justamente, es gracias a la esperanza que vive en el corazón de cada hombre de buena voluntad que la humanidad entera ha podido manifestar tanta solidaridad hacia los sobrevivientes. También nuestra Diócesis lo ha hecho: en el cuarto domingo de cuaresma hemos recogido el fruto de nuestra abstinencia y de nuestro ayuno para ofrecerlo a los hermanos y hermanas, golpeados por tan grandes cataclismos, con la misma caridad con la que el mundo vino en nuestro auxilio cuando nosotros nos encontrábamos, no tanto tiempo atrás, en el sufrimiento y en la privación.

Esta solidaridad en las dificultades ayuda a reforzar la esperanza que hay en nosotros. Ya lo hemos dicho y lo repetimos: hoy más que nunca necesitamos de una esperanza viva en medio de tanta violencia, entre tantos choques sangrientos y divisiones étnicas y religiosas. La cantidad de guerras, los numerosos conflictos, la intolerancia religiosa e incluso la persecución directa de la que los cristianos son a menudo víctimas, parecen testificar que el Príncipe de las tinieblas ha vencido para siempre. ¡Pero no es así! El pequeño rebaño no tiene por qué tener miedo, el propio Jesús nos alienta: “Ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera y Yo, cuando sea elevado en lo alto, atraeré todo a mí” (Gv 12,31b-32).

Desde este sagrado lugar que ha conocido el acontecimiento más inesperado y más sorprendente en la historia de la humanidad y que testimonia la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el mal, nuestra Iglesia Madre, unida a la Iglesia de Roma, se dirige a todos los fieles de Tierra Santa, a todos los peregrinos, además de a los cristianos del mundo entero, para saludarlos y desearles una feliz Pascua. Rogamos por ellos y les pedimos que rueguen por nosotros, por todas las comunidades parroquiales de nuestra Diócesis -que se extiende desde Jordania, Palestina e Israel hasta Chipre-, para que sean testigos alegres de este acontecimiento único en la historia de la humanidad.

No queremos testimoniar sólo con nuestros labios sino con toda nuestra vida. El mismo Señor, de hecho, nos invita con la potencia de su Resurrección a despojarnos del hombre viejo, esclavo del pecado, de la muerte y de la impotencia, y a revestirnos del hombre nuevo creado a su imagen y a semejanza. Seremos testigos, entonces, no sólo con la palabra sino también con la vida, con la santidad y el amor universal, con nuestra paciencia y nuestra permanencia en  Tierra Santa, junto a los Santos Lugares.

Con tu fuerza, Señor Resucitado,
resistiremos al mal que hay en nosotros y alrededor de nosotros.
Nuestra confianza no viene de nosotros mismos,
sino de Ti que has vencido al mundo.
Te pedimos la victoria sobre nuestras divisiones
religiosas, políticas y familiares;
la fuerza en la debilidad, la salud para nuestros enfermos,
la liberación de los prisioneros, el retorno de los prófugos,
la paz y la reconciliación entre todos los pueblos en conflicto.

“¡Éste es el día que hizo el Señor!

¡Alegrémonos y regocijémonos en él”!