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Posted on 12 May 2009 in Discursos y entrevistas FT, Patriarca

Discorso del Patriarca Misa en Jerusalen

Santísimo Padre,

¡La Iglesia de Jerusalén os acoge con fervor en esta ciudad donde Jesucristo fue acogido por la muchedumbre al grito de “¡Hosanna en el alto del cielo! Bendito el que viene en el Nombre del Señor!” (Mt 21, 9). ¡Bienvenido a la ciudad dónde Jesucristo consiguió la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, y consiguió la salvación para los que tienen fe en Él! Aquí, con Vos, la Iglesia ruega y vela amorosamente sobre estos Lugares donde Nuestro Señor ha realizado la maravillosa obra de nuestra redención. Estos Lugares son los testigos del pasado y la verdad de nuestra vida presente.

A algunos metros de aquí Jesús dice, a sus tres discípulos: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26, 39). Pero éstos han cerrado los ojos, sin preocuparse lo más mínimo del mundo de Jesús, en agonía un poco más lejos.

Santísimo Padre, por muchos aspectos, la situación no ha cambiado mucho hoy en día. Asistimos por un lado a la agonía del pueblo palestino que sueña con vivir en un Estado palestino libre e independiente, pero esto no llega; y nosotros asistimos del otro lado a la agonía del pueblo israelí que sueña con una vida normal en paz y seguridad pero, a pesar de su poder mediático y militar, no llega.

En cuánto a la comunidad internacional, ella desempeña el papel de los discípulos de Jesús: se mantiene aparte, los párpados pesados de indiferencia, insensible a la agonía por la cual pasa la Tierra Santa desde hace sesenta y un años, sin querer verdaderamente despertarse para encontrar una solución justa. Desde este Valle de Josafat, valle de lágrimas, debemos elevar nuestro ruego para que se realicen los sueños de estos dos pueblos.

Sobre este mismo Monte de los Olivos, Jesús lloró en vano sobre Jerusalén. Hoy, continúa a llorar con los refugiados sin esperanza de volver, con las viudas de maridos que han sido víctimas de la violencia, y con las numerosas familias de esta ciudad que, todos los días, ven sus casas demolidas con el pretexto de que ellas han sido “construidas ilegalmente”, mientras la situación general toda entera es ilegal y no recibe solución.

Debajo del lugar dónde nosotros estamos, Nuestro Señor lanzó este grito: “¡Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos – todos tus hijos, judíos, cristianos y musulmanes – y Vos no habéis querido!” (Lc 13, 34).

Querido Santo Padre, os pedimos de comprender lo que viven aquí vuestros pobres hijos, y de fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Por vuestra visita, nos traéis la solicitud y la solidaridad de toda la Iglesia y Vos atraéis la atención del mundo sobre esta región, sobre estos pueblos, su historia, sus combates y sus esperanzas, sus sonrisas y sus lágrimas.

Por alguien que sufre – un inválido, un refugiado, un prisionero o un tal que lleva el peso de una injusticia – el más grande desánimo es de constatar que lo han olvidado y que nadie ve, que nadie sabe ni es conmovido por lo que padece. Hoy vuestra visita es un gran consuelo para nuestros corazones y la ocasión de decir a todos que el Dios de compasión y los que le creen en Él no son ni ciegos, ni olvidadizos, ni insensibles.

Vuestra Santidad, es el sucesor de san Pedro, que tiene el encargo del Señor “de confirmar a vuestros hermanos” en la fe (Lc 22, 32). Nosotros os suplicamos también y gritamos con los Apóstoles: “¡Aumenta nuestra fe!” (Lc 17, 25).

Santísimo Padre, tenéis delante vuestro un pequeño rebaño, que todavía se reduce a causa de la inmigración, una inmigración abundante debida a los efectos de una ocupación injusta, con su cortejo de humillación, de violencia y de odio. Y sin embargo sabemos que “es nuestra fe la que nos hace vencer el mundo” (1 Jn 5, 4), y que es ella la que nos vuelve capaces de ver y de reconocer a Jesucristo en cada persona. Con Jesús y en Jesús, podemos gustar aquí y ahora la paz que el mundo no puede ni dar ni quitar de nuestros corazones. Esta paz significa serenidad, fe, espíritu de acogida y alegría de vivir y de trabajar sobre esta tierra.

Es por esto que aprovechamos vuestra presencia bendita en medio de nosotros para gritaros, como aquel padre doliente que suplicó a Jesús que libre a su hijo de los tormentos que lo derribaron desde hacía mucho tiempo: “¡Creo! ¡Ven en auxilio de mi falta de fe!” (Mc 9, 24).

Santísimo Padre, os acogemos como al sucesor de san Pedro: ¡Venid en auxilio de nuestra falta de fe! Rogad con nosotros a Nuestro Padre de los Cielos por todos los habitantes de Tierra Santa; invocad también a la Madre de los Dolores que al pie de la Cruz de su Hijo sufriente que no se ha escondido, para que nos ayude a tener la misma fe de Ella en la Buena Providencia de Dios, y de aceptar todo, mismo sin comprender antes.

¡Oh Señor, fortalece nuestra fe!

+ Fouad Twal, Patriarca

Getsemaní, Jerusalen, 12 Mayo 2009