Pages Menu
Categories Menu

Posted on 10 May 2009 in Vida espiritual, Voz de los sacerdotes

Discurso de Mons. Salim Sayegh en el Sitio del Bautismo

Beatísimo Padre,

Esta mañana, con los corazones rebosantes de alegría pascual, hemos celebrado la Eucaristía con Vuestra Santidad, Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia. Ahora nos hemos reunidos alrededor de este Lugar Santo, como Iglesia y como peregrinos, para renovar las Promesas de nuestro Bautismo y para que Vuestra Santidad bendiga la primera piedra de la Iglesia del Bautismo de Cristo ya en construcción así como la de la futura Iglesia melquita. El terreno ha sido donado gratuitamente por la Comisión del Sitio del Bautismo presidida por el Príncipe Ghazi. Dos comunidades del Instituto del Verbo Encarnado asegurarán en este Lugar Santo la oración continua y el servicio pastoral de los peregrinos.

En este Sitio del Bautismo de Cristo, los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, se encuentran en la marcha salvífica. En efecto, después de la muerte de Moisés, es desde aquí que Josué, con el pueblo, atraviesa el río para entrar en la Tierra Prometida (Jo 3, 14-17). Este paso no era sino un símbolo de Cristo que ha hecho pasar la humanidad entera de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios.

El profeta Elías, al final de su vida, fue conducido por el Señor a estos lugares, acompañado por Eliseo quien fue su sucesor, gratificado por una doble parte de su espíritu y llevando su misión. “Mientras iban conversando por el camino, un carro de fuego, con caballos también de fuego, los separó a uno del otro, y Elías subió al cielo en el torbellino” (2 R 2, 8-11).

Los años pasaron. Y he aquí que Juan Bautista aparece en este lugar y en toda la región del Jordán (Lc 3, 3) proclamando un bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados. Es el último profeta del Antiguo Testamento y el primer apóstol del Nuevo. Él bautiza en el Jordán y en las fuentes de aguas vecinas (Jn 3, 23). Él hizo de Betania de Transjordania, la cual reposa todavía bajo las arenas, su principal residencia durante el tiempo de su predicación (Jn 1, 28; 10, 40).

El Evangelio cuenta que las gentes venían a hacerse bautizar por Juan. En cuanto a Jesús, Él dejó Nazaret y se dirigió hacia Juan para ser bautizado por él en el Jordán. Él, el Santo que les dirá a los judíos: “¿Quién me argüirá de pecado?”, se puso en la fila de los pecadores que querían hacerse bautizar en señal de penitencia, y Juan lo bautizó en el Jordán (Mc 1, 9). Desde entonces, el agua del Jordán es santificada. Es santificada igualmente el agua que corre de la frente de los bautizados en todo tiempo y en todo lugar. Esta agua hace nacer a las almas a la vida trinitaria, en el seno de la Santa Iglesia, y las libera de la esclavitud del pecado.

Jesús, una vez bautizado, salió enseguida fuera del agua. Y he aquí que los Cielos se abrieron: y él vio el Espíritu de Dios bajar como una paloma y venir sobre Él. Y una voz vino cielos, diciendo: “Tu eres mi Hijo bienamado en quien tengo todas mis complacencias” (Mt 3, 16-17; Mc 1, 9-11).

“Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a Juan, a estos mismos lugares, para preguntarle: ¿Quién eres Tu? Él confesó y no negó, confesó: ‘No soy el Cristo. Soy la voz del que grita en el desierto: Enderezad los caminos del Señor’. Al día siguiente, Juan estaba allí de nuevo, con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que pasaba, dice: ‘He Aquí el Cordero de Dios'” (Jn 1, 19-29). Los dos discípulos comprendieron estas palabras y siguieron a Jesús, y ellos quedaron con Él aquel día. Otros tres se unieron a ellos. Pedro fue uno de los tres.

San Juan cuenta también que para la fiesta de la Dedicación del Templo, los judíos hicieron un círculo alrededor de Jesús y comenzaron a interrogarlo. Trataron de atraparlo, pero Él se escapó de sus manos. Nuevamente, Jesús se fue más allá del Jordán, al lugar dónde Juan bautizaba al inicio, y ahí se quedó. Y muchos creyeron en Él (Jn 10, 40-42). Y es allí también que los mensajeros de Marta y María vinieron a encontrarlo para decirle: “Señor, aquel a quien tu quieres está enfermo” (Jn 11, 1-3).

En el año 2000, por primera vez en la historia, en la persona de su sucesor el Papa Juan Pablo II, Pedro ha venido aquí como peregrino para visitar los lugares dónde él encontró a Jesús por primera vez. A vuestro turno, Vos habéis también venido, Beatísimo Padre, sucesor de Juan Pablo II, para renovar su peregrinación, alegraros de la mirada de Jesús, de la frescura y de la alegría de este primer encuentro, y para invocar abundantes bendiciones sobre la Iglesia y la humanidad entera.

Nosotros os agradecemos, Beatísimo Padre, en nombre de la Asamblea de los Ordinarios Católicos de Tierra Santa, y suplicamos vuestra bendición y vuestros ruegos por nuestro País, por la Paz en Medio Oriente y por los peregrinos que vienen a este lugar a suplicar la Misericordia de Dios y la fuerza del espíritu para ser fieles a las Promesas de su Bautismo.

En nombre de la Asamblea de los Ordinarios Católicos de Tierra Santa, agradecemos también a Sus Majestades el Rey Abdallah II Ibn Hussein y a la Reina Rania que os han acompañado, Beatísimo Padre, en vuestra peregrinación al Sitio del Bautismo, y que junto a Vuestra Santidad han quitado el velo que cubría las piedras de fundación de nuestras iglesias en este Lugar Santo. Durante los diez últimos años, Su Majestad el Rey ha manifestado su gran estima y ha dado prueba de su gran celo hacia los Lugares Santos cristianos, revelando al mundo entero que los jordanos, cristianos y musulmanes, viven juntos como una sola familia. Los esfuerzos incesantes de Su Majestad en favor de la paz en Medio Oriente son conocidos no sólo en esta región, sino en el mundo entero. Que el Señor lo bendiga. Que el Señor bendiga a Jordania, nuestro bienamado país.

+ Salim Sayegh

Sitio del Bautismo, Maghtas, Jordania, 10 Mayo 2009